Citizen

Chapter 2 - El hombre cuyo nombre hacía callar a BaltimoreDileia fue suspendida antes de las nueve.

Le retiraron la identificación.

Un guardia la acompañó hasta los vestidores.

Sus compañeros observaron desde lejos.

Algunos parecían preocupados.

Otros aliviados de que el problema tuviera nombre.

El suyo.

—Esto es una falsificación —dijo Dileia.

La directora de enfermería, Helen Shaw, evitó mirarla.

—Habla con tu representante sindical.

—Yo reporté los faltantes.

—Precisamente por eso la situación parece extraña.

La frase estaba cuidadosamente diseñada.

Quien descubre un delito podía ser presentado como quien conocía demasiado porque participaba.

Dileia tomó su abrigo.

No lloró hasta llegar al estacionamiento.

Pensó en Noah.

En el alquiler.

En el seguro médico.

En la licencia de enfermería que podían suspender.

Entonces vio al hombre del restaurante.

Estaba junto a un sedán negro.

—Señora Marsh.

Ella se secó el rostro.

—¿Me siguió?

—Sí.

—Eso no mejora mi opinión sobre usted.

Uno de sus acompañantes pareció ofendido.

Adriano levantó una mano.

—Me llamo Adriano Vescari.

Dileia conocía el apellido.

Todo Baltimore lo conocía.

—Debí dejar que llamaran a la policía.

—Probablemente.

—¿Qué quiere?

—Pagar una deuda.

Sacó un sobre.

Dileia no lo tomó.

—No necesito dinero de usted.

—Lo sé.

—Entonces váyase.

—El hospital acaba de acusarla de robar medicamentos.

Su miedo se transformó en alarma.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque Raymond Cole está intentando venderme algo.

—¿Qué?

—Silencio.

Adriano explicó que Cole llevaba meses pagando a intermediarios relacionados con el puerto.

Cargamentos médicos entraban legalmente.

Parte desaparecía antes de llegar a pacientes.

Analgésicos.

Medicamentos contra el cáncer.

Antibióticos de alto costo.

Algunos se revendían.

Otros se sustituían por versiones diluidas o falsas.

Cole temía una auditoría federal.

Quería que Vescari presionara a un funcionario.

Adriano se negó.

No por moral.

Porque Cole había intentado ocultarle información.

—No confío en hombres que pagan por silencio antes de explicar el delito —dijo.

Dileia lo observó.

—¿Está confesando extorsión?

—Estoy describiendo una solicitud que no acepté.

—¿Por qué ayudarme?

—Anoche usted tenía diecinueve dólares.

—Ya no.

—Y aun así pagó por un hombre que no conocía.

—Eso no compra mi confianza.

—No quiero confianza. Quiero cooperación.

Ella se cruzó de brazos.

—Soy enfermera, no informante.

—Su madre murió después de que desaparecieran medicamentos.

El mundo se detuvo.

—No mencione a mi madre.

—El expediente interno sí la menciona.

Adriano le entregó una copia.

Maribel Marsh había recibido un antibiótico posoperatorio de amplio espectro.

El lote registrado no coincidía con el lote disponible.

Una enfermera reportó que el sello del frasco parecía alterado.

El informe desapareció.

La infección avanzó.

Maribel murió seis días después.

Dileia leyó la página.

—¿De dónde obtuvo esto?

—De personas que venden información.

—Eso no significa que sea real.

—Por eso necesitamos probarlo.

—¿Necesitamos?

Adriano la miró.

—Cole intentó convertir mi red en su escudo. No tolero que alguien utilice mi nombre sin permiso.

—Entonces esto se trata de su orgullo.

—En parte.

Dileia dobló el documento.

—Mi madre murió.

—Sí.

—No es una guerra entre hombres poderosos.

—No.

Por primera vez, Vescari pareció bajar la voz.

—Es una razón para que usted dirija las preguntas.

Ella no aceptó inmediatamente.

Llamó a una abogada del sindicato.

Después a un detective federal que había investigado desvío de medicamentos.

No reveló la fuente completa.

Pero entregó el documento.

La agente, Carla Mendoza, confirmó que existía una investigación preliminar.

—Necesitamos pruebas internas —dijo—. Registros sin manipular. Video. Accesos. Testigos.

Dileia miró a Adriano.

—No entro otra vez al hospital ilegalmente.

—No se lo pediré.

—No amenazará a nadie.

—Eso limita mis métodos.

—Entonces busque otros.

Adriano sonrió apenas.

—Entiendo por qué Cole le teme.

La primera pista llegó de Noah.

Cuando Dileia regresó a casa, él encontró un pequeño dispositivo dentro de su bolso de trabajo.

Parecía una memoria USB.

—Mamá, ¿esto es tuyo?

No.

Al conectarlo a una computadora aislada, apareció un archivo cifrado.

Solo contenía una frase:

TU MADRE NO FUE LA PRIMERA. REVISA LA MORGUE, CASILLERO 114.

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Alguien dentro del hospital sabía la verdad.

Y sabía que Dileia había sido suspendida.

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